La Mañana De Navidad

La mañana de Navidad es un recuerdo que todos tenemos impreso en nuestro pequeño rincón de las vivencias de la infancia.

Algunos la recuerdan con la casa llena de gente, amaneciendo ya con bullicio y trajín mañanero. Otros tienen ese recuerdo de amanecer en el pueblo, el lugar de origen, al que siempre hemos vuelto, con los abuelos arrancando el fuego en la cocina de leña. Otros la recordarán a muchos kilómetros de casa, en destinos desconocidos, aprovechando los días vacacionales para recorrer calles nuevas con sus luces y ambiente festivo.

Yo tengo grabadas mis mañanas de Navidad con una mezcla de todo ello. La casa llena de gente, esa casa de los abuelos que es el punto de unión de todos nosotros. El lugar al que volver siempre. Primos que amanecíamos emocionados, ruido en cada habitación, gente por todas partes preparando la que sería la segunda gran comilona en menos de 24 horas. El abuelo, mi abueliño siempre atareado, silencioso, ocupado en las tareas que él mismo se había atribuido, y que nadie osaría arrebatarle, encendiendo la bilbaína a tiempo de tener el comedor caliente para la manada que bajaría por las escaleras corriendo emocionada.

Y bajábamos. Descubríamos entre emocionados y curiosos lo que nos habían dejado al pie del árbol a cada uno de nosotros. Un árbol que mi abuelo con todo el amor del mundo trasplantaría después en la finca cerca de casa, y que no siempre era un abeto. Porque si hay algo en lo que estábamos dispuestos a saltarnos la tradición era en la especie que adornaría el comedor durante las fiestas. He llegado a ver de todo año tras año, y estuvimos cerca de tener un tremendo cisma familiar el año que mi abuelo pensó que sería buena idea adornar un cactus precioso de mi abuela, gigante, y le plantó la estrella de Navidad en lo alto y sus correspondientes luces. Aquello fue demasiado, hasta para mí. Pero ahí estuvo el cactus, hasta el día 7 de enero, que en eso de “recoger la Navidad” siempre hemos sido muy estrictos.

La mañana de Navidad tenía sus propias “etapas”. Siempre era igual, y lo que se repite siempre, de forma casi natural, queda indeleble en nuestra memoria: abrir los regalos con esa ilusión de la que solo son capaces los niños, correr a desayunar como si no hubiéramos comido en días, abrigarse mucho, con padres y abuelos opinando que no te habías abrigado bastante, y salir, salir corriendo al Parque.

Y por fin llegabas al parque. De pronto, aquel parque de todos los días, los de verano e invierno que pasabas de vacaciones en casa de los abuelos, se convertía en un sitio más divertido aún que de costumbre. Todos los niños de la aldea, los que vivían allí todo el año y los que volvíamos a nuestro sitio de origen cada vez que podíamos, alternábamos el juego entre los columpios, el tobogán, el arco de escalada que hacía temblar a mamá cada vez que nos subíamos, y los juguetes nuevos. Podías estar estrenando un monopatín, probando la nueva bici de tu primo, o montando un fuerte con bloques en el mismísimo asiento del columpio. Una simbiosis de juegos y juguetes perfecta. Y un montón de cosas que hacer hasta que te reclamaban para la comida de Navidad, y llegabas a la mesa, casi siempre tarde, aún con las manos rojas del frío y la ilusión de volver a bajar al parque por la tarde, que se habían quedado muchas cosas en el tintero.

La mañana de Navidad de mi infancia es un recuerdo que tengo impreso, y revivo cada año con mucho cariño. Ahora no soy yo la que baja corriendo al parque para divertirme y disfrutar de lo que me han dejado bajo el árbol: soy la que corre detrás de esa niña a la que ahora le toca vivirlo, y que me enseña que hay cosas que no cambiarán nunca. Mi hija me reafirma lo que ya sabía: el juego es lo más bonito de la infancia, y jugar en Navidad lo es aún más.

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